Mejores experiencias: via ferrata de los Tsingy de Bemaraha, atardecer en el paseo de los baobabs, y senderismo con acampada en el Parque Nacional de Ranomafana.
Mejor ciudad: Tana, aunque está muy contaminada porque los coches, si bien muy cuidados, son dinosaurios; para la playa, Morondava y su atardecer sobre el canal de Mozambique.
No recomiendo: el tren que conecta Fianarantsoa con la costa este.
El regreso a Tana nos regala buenos recuerdos: dejamos el lago Rasoamasay al despuntar el día, con la luna ya baja, el sol rayando el horizonte y el principio de la calma del impresionante fragor nocturno de las olas del Índico, a solo una media hora a pie. El viaje se hace corto y entramos a la capital por el este, pasando por un estadio del tamaño de un canódromo donde todos los fines de semana se celebran multitudinarias peleas de gallos en que el personal se juega los cuartos al pollo más temerario.
El desayuno es nuestra última cena con Jon, que continúa hacia el sur para ver las montañas y el desierto, mientras que nosotros nos dirigimos hacia el noreste en busca del indri y los lagos salados que dieron origen al canal de Pangalanes. Larga jornada de coche, qué novedad, con un descanso bastante pintoresco en el monasterio benedictino de Ambositra, donde ya no quedan monjes pero sí una de las escasas 20 monjas, ya mayor, que nos abre pausadamente la cancela, la tienda y hasta la iglesia, muy cuidada, de techos altos y espaciosa, con las paredes de ladrillo visto, sencilla y tranquila. Nos cuenta que la sede de la orden está en París y nos vende lo que veníamos buscando: un queso, el último, que durante algunos días paliará el síndrome de abstinencia de Julien. Buen país: buen foie, buen pan, buena repostería, buen queso.
Visto que el tren tardó más del doble del tiempo previsto en llegar a su destino, retrasamos un día el inicio de la ruta de senderismo por el parque nacional de Ranomafana y nos lo tomamos con calma. Salimos a una hora normal por la mañana hacia Ranomafana y tenemos el resto del día para descansar y tomar algo con la pareja de holandeses que conocimos durante el descenso del Tsiribihina y están viajando también por su cuenta. Son bastante jóvenes, profesora y trabajador social, ambos trabajan en una pequeña ciudad y viven con bastante holgura; me hace pensar en la cantidad de jóvenes que, en mi país, no encuentran trabajo y tienen que marcharse al suyo, entre otros destinos.
Far niente! beach, picnic and that's it. We needed it badly after driving around the island like headless chickens. Wen arrived one day early and leave also a day early to have more time in Tana. We're in need of an Internet connection to organize Mozambique and Tanzania. When we wrap things up with the hotel owner, we agree on a price for the boat ride back to Manambato. When he brings us the final bill, the price has changed and he tells us that he had a second though about it. Of course we don't let him get away with it but it seems we have one bad experience with hotels in each country. Let's hope we break the curse in Mozambique.
Another day in the car to go back to Antsirabe. We're reaching our limits with bad roads because it's not possible for us to do anything anymore but look at the road or face the prospect of being road sick. Before breaking for lunch, we stop by the Benedictine monastery to buy cheese. The whole congregation is gone but for a nun. She shows us around, sells us their last cheese and even opens the church for us. The center for their order is in Paris and the church is built similarly she tells us. The walls are white with bricks of different colors for arches and pillars, the furniture are plain wood. The whole is very simple but bright and peaceful.
The 3rd time is a charm so here we go again on the hell's road to Ranomafana. On the way to the park, this time we stop at the torrent. The noise is deafening and we climb down to see it from up close. John finds a tiny tiny chameleon. It's a adult male the size of a pinkie, super cute!
Encaje de piedra es lo que han hecho el agua y el viento con las rocas kársticas del Parque Nacional de los Tsingy de Bemaraha. En la boca del cañón del río Manambolo, alejados y protegidos del mundo por una única y pésima ruta de acceso, escondidos tras el bosque semicaducifolio que da cobijo y alimento a sus lemures, los tsingy se alzan varios cientos de metros, como almenas naturales, en una enorme extensión de terreno poco propicio para la fauna y la flora a excepción de algunos cactus y "patas de elefante".
El grupito de cinco se redujo a tres en Antsirabe, donde Jon, Ju y yo nos despedimos de Ju y Lisa, que terminaban su periplo malgache de nuevo en Tana, para explorar parte del sur y el este de la isla. La arquitectura tradicional va cambiando de Antsirabe a Ambalavao, hacia el sur. De nuevo encontramos la tierra roja y las terrazas de los primeros días, y las casitas de los labriegos en algún lugar elevado desde el que observar los campos sin inundarse, pero ahora las casitas pasan del adobe a los ladrillos, que utilizan también como ornamentos en las fachadas y alrededor de las ventanas, y los tejados pasan de las hojas secas a las tejas.